miércoles, 3 de agosto de 2011

CAMINAR SOSTENIDOS POR JESÚS Y SU PALABRA

El Evangelio que acabamos de escuchar tiene un matiz muy eclesial y simbólico, ya que nos hace preguntarnos dónde están los discípulos y dónde está Jesús, es decir, donde está la comunidad (nosotros) y dónde vemos a Jesús. Mateo quiere ayudar a su comunidad a liberarse de sus miedos y de su poca fe. En este Evangelio, los discípulos están solos, es noche cerrada, Jesús no les acompaña, la barca ha sido arrastrada por los vientos contrarios que les impiden volver, y Jesús está a mucha distancia, rezando. ¿No se parece esto a la situación de muchas de nuestras comunidades cristianas? Y cuando Jesús se acerca para ayudar, los discípulos, atemorizados, creen ver un fantasma. El miedo, las dudas, nuestra falta de fe, nos impiden reconocer a Jesús, que camina a nuestro lado, de manera especial en los momentos de crisis.

¿Cómo hemos llegado hasta esta situación? ¿Por qué están tan lejos de Jesús nuestras comunidades cristianas? Por la fragilidad de nuestra fe, por nuestros miedos, por nuestras dudas. En la Iglesia, tenemos miedo al desprestigio, a la pérdida de poder, al rechazo, incluso a veces tenemos miedo a Dios (más que amor por Él). En el fondo, es un miedo a seguir los pasos de Jesús, y el mismo nos dice: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. Sin embargo, ahí vemos a Pedro, que se lanza al agua, se quiere comprometer, se atreve con lo que parece imposible, pero pueden más sus dudas y sus miedos. Las dificultades hacen que nos hundamos, los vientos son contrarios, necesitamos ser sostenidos por Jesús. Y Jesús no nos abandona, y menos cuando nuestra barca se hunde.

El mismo Jesús en el Evangelio nos propone dos elementos para reforzar nuestra fe. En primer lugar, la fe se afianza en la debilidad, sintiéndonos humanos y con miedos, porque es entonces cuando ponemos nuestra confianza en Dios. Esta fue también la experiencia de Pablo: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Una palabra de Jesús suscita la fe de los discípulos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Frente a las dudas, el miedo y los vientos contrarios, está la Palabra de Jesús y su mano extendida. En la primera lectura también aparece como, ante una situación difícil del pueblo de Israel, en la que está en juego la propia Alianza que Dios hizo con Moisés, el profeta Elías, sostenido por Dios, anuncia de nuevo paz, bienestar, esperanza… Dios está en la brisa. Jesús calma los vientos y pone paz en la barca, en la Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestros corazones, en nuestras vidas.

En segundo lugar, es curioso el juego de miradas entre Jesús y Pedro. Pedro se mira a sí mismo y se hunde, pero cuando levanta la mirada y ve a Jesús con la mano extendida, recupera las fuerzas y sale a flote. En el fondo, todo depende de la mirada. Cuanto más nos miramos a nosotros mismos, más nos hundimos. Será importante dejar de mirarnos a nosotros, a nuestros pies que se hunden, a nuestros fallos, a nuestras debilidades, a nuestra falta de fe, y poner nuestra mirada en Él. Sólo así Pedro y los discípulos consiguen salir a flote y confiesan su fe en Jesús: “Realmente eres Hijo de Dios”.

San Pablo, en la segunda lectura, también manifiesta sus dificultades para entender porque el pueblo de Israel no acepta el Evangelio de Jesús. Él ha descubierto el “tesoro” (del que hablábamos semanas atrás) y no comprende cómo los demás no son capaces de verlo así, y eso le llena de tristeza. Es más, reconoce que Jesús es mejor acogido y aceptado entre los paganos, que entre su propio pueblo judío. Y es que las dificultades, cuando están “dentro de casa”, son más difíciles de llevar. Muchas veces nuestros miedos y dudas hacia el interior de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades, impiden que anunciemos la Buena Noticia con alegría, y dificultan que otros puedan acercarse.

La Palabra de Dios de hoy nos llama a releer constantemente nuestras vidas a la luz de estas experiencias: ¿Cuáles son nuestros vientos contrarios? ¿Cuáles son nuestras dudas, nuestros miedos? ¿Qué pedimos a Dios en esos momentos? ¿Cómo le descubrimos? ¿Cómo se nos manifiesta? ¿Cómo le buscamos? ¿Qué hacemos para crecer en confianza y en fidelidad a su proyecto de amor para con nosotros?

La única experiencia que nos puede sostener siempre, pero de manera especial “en la tempestad”, es la de descubrir a Dios en nuestra vida, siempre cercano, ayudándonos a caminar y sosteniéndonos con la fe en Él y en su Palabra. Abramos nuestros ojos y descubramos a Cristo con su mano siempre tendida, que sostiene nuestra fe y nos anima a fortalecerla, a pesar de nuestras debilidades, que el Señor ya sabe cuáles son y cuenta con ellas. Caminemos por la vida sin miedo, sostenidos por Jesús y su Palabra.

Creer es, en muchas ocasiones, caminar sobre el agua, como Pedro, apoyar nuestra fe y nuestra existencia en Dios, que nos sostiene, y no en nuestras propias fuerzas o argumentos, vivir sostenidos por nuestra confianza en Él. Recordémoslo ahora al proclamar juntos nuestra fe.

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