miércoles, 14 de marzo de 2012

La historia es maestra de la vida


Cada vez que leo la Palabra de Dios me asombro de lo torpes que somos las personas para cometer los mismos fallos una generación tras otra. Yo tenía un profesor que decía que el que no conoce la historia está llamado a repetirla, y es verdad, porque el desconocimiento de lo que otros hicieron nos lleva a tropezar en los mismos errores. Todo esto viene al caso por la primera lectura, que está sacada del Libro de las Crónicas. Hoy en día en muchos pueblos y ciudades existe la figura del Cronista, aquel que escribe los acontecimientos importantes de la vida de esas gentes. Pues bien, el pueblo de Israel también tenía el suyo y, en menos de 10 versículos, nos presenta un denso resumen de un capítulo bastante duro de la historia del pueblo, como fue su destierro a Babilonia. Y es de agradecer, porque la historia se convierte así en “maestra de la vida”, es decir, nos enseña cómo vivir hoy, sin cometer los errores de ayer.

Durante toda la Cuaresma hemos recordado que Dios ha hecho un pacto con las personas: Él nos cuidará y nos protegerá y nosotros viviremos conforme al mandamiento del amor, nos cuidaremos unos a otros, y cuidaremos también del mundo que Dios nos ha dado para vivir. Él será nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo. Y también hemos recordado las muchas infidelidades, por nuestra parte, a este pacto. Tanto es así que la primera lectura nos cuenta que la situación se hizo insostenible. Dios enviaba a sus mensajeros, los profetas, que recordaban la alianza, pero el pueblo se reía de ellos hasta tal punto, que ya no hubo remedio.

El pueblo de Israel interpreta que, a causa de sus infidelidades, han sido vencidos por el ejército Caldeo, y han perdido sus grandes señas de identidad: la tierra que Dios les prometió, de la que han sido expulsados para vivir en el destierro de Babilonia, y el Templo, donde estaban las tablas de la alianza, y que ha sido arrasado. Pero Dios no deja de ser fiel a lo prometido y, a pesar de que pensemos que cuando nos vienen muy duras Él se desentiende de nuestros problemas, nunca lo hace. En este caso se sirve de un rey pagano, Ciro, que permite al pueblo volver a Jerusalén y reconstruir su ciudad y su Templo. Y es que la historia está llena de personas buenas, nobles y justas (como Ciro) que, por los prejuicios y etiquetas que nosotros ponemos por no ser “de los nuestros”, no sabemos valorar y agradecer sus acciones.

Dios que es fiel, y que también es consecuente con el hecho de habernos dado el don de la libertad, se muestra ahora compasivo y misericordioso y da una nueva oportunidad al pueblo (otra más) para que viva conforme a la alianza hecha con Él. Y no lo hace por los méritos del pueblo, ni por sus buenas obras, sino por puro amor. Dios es gracia y su amor es gratis. San Pablo, en la segunda lectura dirá que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó… nos ha resucitado con Cristo”; y también: “Estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios”.

Y es que el gran regalo de Dios a nosotros, su pueblo, fue su hijo Jesús. Lo hemos escuchado en el Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Creo que es uno de los versículos más bonitos y más importantes de toda la Biblia. Dios es amor y lo demuestra una y otra vez con iniciativas y proyectos de amor dirigidos a nosotros. Y Jesucristo, muerto y resucitado, es la prueba. Mirar al crucificado es acoger el amor de Dios en nuestras vidas y decidirnos por Él. Es acercarnos a la luz, y convertirnos nosotros también en luz para otros hermanos y hermanas nuestros.

“Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Cristo es la luz y nos ofrece ser nosotros también luz, acogiéndole a Él. No entra en sus planes la condena de nadie, sino la salvación de todos. Nuestra respuesta ha de nacer de una fe madura que ha hecho una opción personal por seguir a Jesucristo, muerto y resucitado. No somos cristianos “porque toca”, o porque “es lo normal”, o porque “me lo han enseñado así”. La fe es personal, pero vivida comunitariamente. Esa es la manera que tiene Dios de renovar su alianza con cada cristiano y con la Iglesia, que somos hoy su pueblo, por quienes Él se compromete y hace, de nuevo, el mismo pacto que con nuestros antepasados.

Que no nos pase como al pueblo de Israel, que no nos olvidemos de Dios en nuestra vida, el Dios fiel, el Dios liberador, el Dios de la alianza, el Dios compasivo y misericordioso con su pueblo. Que la historia del pueblo de Israel se convierta en lección de vida para vivir hoy nuestra propia historia como nuevo pueblo de Dios, sin cometer los errores que otros cometieron, y aprender a vivir en fidelidad a Dios. Que la Cuaresma que estamos viviendo nos acerque más a ese Dios que, por amor a todos y cada uno de nosotros, entregó a su Hijo. Que nuestra respuesta sea una vida bondadosa y generosa con todos, haciendo del mandamiento del amor nuestra norma universal.

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Lectura del santo evangelio según san Juan 3,14-21 
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: 
- Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. 
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. 
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 
El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. 
Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. 
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. 
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. 

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